Con el término mudéjar -que procede de la voz árabe mudayyan (sometido)- se designaban los reinos cristianos a los musulmanes que permanecían, conservando su religión y sus costumbres, en territorio conquistado.
Esto sucedia excepto en los momentos en que mediaba alguna provocación por alguno de los dos
bandos que se disputaban España, la convivencia era pacífica y perfectamente
reglamentada: los mudéjares ocupaban barrios diferenciados -las aljamas- y se
regían por sus propias leyes, siempre sometidas a la aprobación del rey o del
señor cristiano del que dependían. Aceptaban el trato de vasallos y pagaban el
tributo estipulado desde el momento mismo de la conquista; ejercían sus oficios
de siempre y solo su religión y su vestimenta les diferenciaban de la población
cristiana.
El fenómeno no era nuevo: cuando el Islam emprendió la rápida
conquista de la Península Ibérica había admitido también en su ámbito a una
minoría religiosa -los mozárabes- que conservaba, en los reinos musulmanes, su
culto cristiano.
En tiempos de paz los mozárabes habían aceptado su condición de tributarios de
emires y califas, haciendo pervivir, en sus arrabales y parroquias las costumbre
heredadas de la Hispania Visigoda. Así, cuando un territorio volvía a pasar a
las manos de un rey castellano o aragonés, durante la Reconquista, sus nuevos
pobladores (generalmente colonos procedentes de los reinos del norte venidos a
hacerse cargo de los campos abandonados por los musulmanes derrotados) tenían
que convivir, por un lado, con los cristianos que habían resistido a lo largo de
los siglos musulmanes -los mozárebes- y también con los mahometanos que optaban
por el régimen de vasallaje ante la perspectiva de un exilio azaroso. Como
resultado de todo esto las dos civilizaciones "enemigas" se fueron habituando a
la vecindad y el trasvase de conocimientos se hacía inevitable.