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Clásicos, al aire, libres

No queríamos perdernos la cita. Durante los meses de encierro hemos estado muy pendientes de que se abriera el mínimo resquicio de esperanza para salvar el Festival, aunque no fuera en las condiciones ideales que se merecía un número de edición tan redondo, la decimoquinta, y cuya programación de espectáculos teníamos prácticamente cerrada. Queríamos expresar con hechos nuestro deseo de que el teatro levantara la cabeza cuanto antes: nos lo debemos a nosotros mismos, que creemos en su necesidad y conocemos su fragilidad, y, sobre todo, se lo debemos a las gentes que han puesto en él sus vidas y que van a estar entre los principales afectados de este mal sueño.

Llegado el plazo que nos dimos para tomar una decisión, evaluamos las condiciones sanitarias y las económicas que derivaban de ello y apostamos por la edición del Festival que hemos programado.

No hubiera sido posible esta apuesta sin asegurarnos de que contábamos con el apoyo de las principales instituciones que han estado siempre con nosotros: el Ministerio de Cultura, la Junta de Castilla y León, la Diputación de Valladolid y la Universidad de Valladolid. Ahora, más que nunca, es momento de agradecérselo.

La posibilidad de que el Festival se celebrara pasaba por retrasarlo (lo más posible, teniendo en cuenta la climatología nocturna castellana) y reducirlo (lo menos posible, pero con realismo).

En definitiva, son seis espectáculos que se podrán ver los viernes sábados y domingos de esas dos semanas entre el 24 de julio y el 2 de agosto.

Lo que la reducción no ha tocado lo más mínimo es la calidad de los espectáculos y de sus responsables. Entre ellas están las compañías fetiche de Olmedo Clásico, reclamadas una y otra vez por el público. Y por lo que a las obras se refiere, está asegurada la calidad y la variedad en cuanto a autores, géneros y dramaturgias.

Ha sido empeño fundamental ofrecer un Festival con todas las garantías de seguridad sanitaria para el público, las compañías y los equipos técnicos. No ahorraremos esfuerzos en seguir escrupulosamente toda la normativa prescrita por las autoridades sanitarias del Estado y de la Comunidad sobre aforo, desinfección, prevención y acondicionamiento, así como sobre el debido control para evitar aglomeraciones observando las medidas de higiene adecuadas para prevenir los riesgos de contagio. Buscaremos para ello el asesoramiento de empresas especializadas y la conformidad de las instituciones responsables.

La condiciones sanitarias han afectado a algunas de las actividades que han sido santo y seña de Olmedo Clásico desde su fundación, como las Jornadas sobre teatro clásico o el curso de interpretación, o, desde tiempos más recientes, el curso de profesores. Esta dimensión fundamental del Festival se desarrolla en espacios cerrados, que la situación actual desaconseja utilizar, por lo que se limitará a los encuentros con el público al final de dos de los espectáculos y a algunos otros virtuales.

El lema elegido para esta edición especial es “Clásicos, al aire, libres”. Es un juego de palabras con el que se pretende decir varias cosas, y cuantas quiera entender quien lo lea: desde que es el momento de sacar ya a los clásicos de su confinamiento y que sean libres, y nos hagan libres con sus lecciones, hasta que el Festival cuenta a su favor con que ese reencuentro puede producirse al aire libre, y no es metáfora ya sino constatación de una circunstancia favorable para disfrutarlos con salud.

Y en complicidad con el lema está la imagen del animal que se ha adueñado de nuestra cartelería, y que tanto sabe de aire y de clásicos. Quien conoce el Festival no necesita ninguna presentación: es la cigüeña de Olmedo, la cigüeña de la Corrala del Caballero (que algunos preclaros miembros de la escena llaman precisamente El Patio de las Cigüeñas), la cigüeña que sale en los titulares de las crónicas (“hasta las cigüeñas aplauden en Olmedo”): es la cigüeña que más sabe de clásicos tras catorce años presidiendo desde lo alto de la almena que cierra el escenario el centenar y medio de espectáculos vividos. Y no solo en Olmedo, sino en cualquier tiempo y lugar, la cigüeña es símbolo de buen augurio, que en el momento que vivimos deseamos fervientemente que haga valer. También lo es de algo que tampoco está de más considerar después de la experiencia reciente: la piedad de los hijos para con los padres, evocada en sus Rimas por Lope de Vega, nuestro patrono principal: “Ya la piadosa cigüeña / sus viejos padres acoge”. A ella nos acogemos para este regreso a las experiencias compartidas que hacen que seamos más felices y mejores.