El caballero de Olmedo es, sin duda, uno de los textos más hermosamente poéticos de nuestro Siglo de Oro. Estrenada hacia 1620, los espectadores asistían a una especie de crónica de una muerte anunciada en la que, desde el inicio, conocían más que los personajes mismos, por lo que esa suerte de fatalidad, de destino terrible e inexorable, generaba una profunda inquietud.
Lo que comienza siendo un cuento amable, una aparentemente previsible historia de amor, con sus lances, su criado gracioso, sus divertidos engaños y disfraces, poco a poco se va enturbiando hasta convertirse en un angustioso y siniestro cuento de miedo. Pero nosotros, el público, eso ya lo sabíamos.
Más de cuatrocientos años después los espectadores continuamos siendo cómplices, continuamos compartiendo un secreto en el que está encerrado el destino de los personajes, pero también conocemos muchas más cosas que en 1620 estaban por suceder: sabemos que don Alonso es asesinado a traición y también que es un claro precedente del héroe romántico que aparecerá como tal dos siglos más tarde; sabemos que la poesía de sus diálogos y sus situaciones está cargada de mitos presentes en las historias de terror de muchas culturas; sabemos que para la Sombra se acuñará, casi dos siglos después, el término “doppelgänger” y que se hará tan popular que hasta aparecerá en una canción de Rosalía de Castro; sabemos que, ya en el siglo XX, Freud hablará de Eros y Thanatos, las pulsiones contrarias pero inseparablemente unidas de la vida y la muerte… ¿Cómo no volver a Olmedo con todo ese arsenal de conocimiento contemporáneo?
El caballero de Olmedo también es un cuento de miedo alrededor de la lumbre en una fría y oscura noche de difuntos, es una historia de aparecidos, de emplazados, del destino inevitable. Nos encontramos en un ambiente propio del romanticismo más temprano, pero también de los cuentos populares, del folklore y la tradición más profunda: pactos con el diablo, fantasmas que aparecen en los caminos, brujas, sombras que avisan y asesinos que esperan escondidos en el bosque.
La canción popular y el monstruo. El héroe romántico de luz y el antihéroe rodeado de sombras y oscuridad: Don Alonso y don Rodrigo.
El contraste entre la vida y la muerte, la luz y la sombra.
Y lo inevitable.
Laila Ripoll